viernes, 4 de julio de 2014

Adolescencia, lenguaje y violencia. Ivonne Bordelois

Adolescencia, lenguaje y violencia. Ivonne Bordelois

Lecturas…  Sobre analfabetismo intelectual, afasia léxica, indigencia anímica, hambruna intelectual, ensordecimiento mediático, devastaciones intelectuales, zombies, El-pais-que-nos-hablacastración verbal y salida hacia la violencia…
Por Ivonne Bordelois* para revista El Arca



“…
La salpicadura del ruido, la imposibilidad de hallar espacios reservados al silencio, ya sea en la vida privada o en la vida pública o en la educación que se reserva a los niños, me parece la más grave contaminación que conoce la cultura moderna. Para muchos seres humanos, la noche se ha tornado tan ruidosa como el día, y una habitación silenciosa un Infierno y una tortura. En nuestra cultura va a producirse un cambio total.”


Estas graves palabras de George Steiner bien pueden introducirnos en el serio problema de la fractura del lenguaje que se manifiesta en nuestros adolescentes.


Aislados como viven, inmersos en la permanente relación con la televisión, la computadora e Internet, aturdidos en sus encuentros amistosos o eróticos en las discos, cuyos decibeles alteran e impiden toda noción de intimidad, no es extraño que muchos de nuestros adolescentes sumen a una suerte de analfabetismo intelectual, ya que su contacto con la lectura es mínimo, una suerte de afasia léxica que los priva, no ya de una deseable elocuencia, sino de todo dominio apenas más sutil y complejo que el nivel más ordinario y elemental de expresión en materia de comunicación verbal.


Como dice Wittgenstein, «los límites de mi habla representan los límites de mi mundo”. El empobrecimiento del léxico entre la población juvenil es una alarmante señal de su indigencia anímica, sumándose en muchos casos a la indigencia económica que sufre una pavorosa proporción de gente en los márgenes de nuestra sociedad. La hambruna física e intelectual se refuerzan así mutuamente en un círculo vicioso y siniestro.


No exploraremos aquí las raíces ni las probables soluciones de este drama educativo; nos limitamos a examinar las características del empobrecimiento lingüístico que afecta a nuestros adolescentes.
Como lo observa el psicoanalista Luis Kancyper, si el sistema nos quita palabras mediante la multiplicación del ensordecimiento mediático, es porque quiere despojarnos de afectos no sólo de ideas.


Las palabras, elementos representacionales, no sólo son conceptos; son huellas mnémicas de las pulsiones. Hay una ligazón indisoluble entre palabra y afecto, así como la hay entre palabra y pensamiento. De paso, es interesante comprobar que, en los estadios primeros de la lengua, las distinciones entre pensar y sentir son muy tenues. Aún hoy día el italiano ti penso o el inglés I have you in my mind no son declaraciones cerebrales sino expresiones de afecto.


En etimología, muchas palabras centrales en el mundo afectivo son huellas de emociones que se graban en lo físico. La memoria tiene que ver con el corazón (recordar y cardiaco comparten la misma raíz) y es eminentemente afectiva; el amor tiene que ver con la mama y el amamantamiento; la cólera y la melancolía con la bilis, que se llamaba kolos en griego.


Todo esto lo comprueba la etimología y también la poética, ya que los poetas intuyen todas estas conexiones. Son también experiencias básicas que nos empeñamos en ignorar. “Verde de envidia”, “rojo de cólera”, “pálido de miedo” son expresiones que muestran el fuerte tejido corporal que implican las emociones, y el lenguaje acompaña a menudo estas sensaciones. “Estar caliente” en nuestro estilo coloquial significa estar sujeto a la cólera o al deseo: curiosa confluencia que acaso nos conviniera explorar.


Al extirpar el contacto con la riqueza de la palabra se extirpa también el contacto con la riqueza y la intensidad de los deseos. Y es precisamente porque es incalculable la cantidad de energía que comporta cada palabra, que resulta importante hacer desaparecer esa energía. La campaña de devastación intelectual que llevan a cabo los medios nos prepara eficazmente para volvernos zombies. En un reciente reportaje decía el cineasta francés Claude Chabrol: “No soy paranoico, pero en la sociedad hay una conspiración para que la gente viva una vida idiota”. 


Un sistema que no nos quiere críticos ni placenteros a través del goce activo del lenguaje es un sistema que nos quiere de rodillas, ridículos, compungidos y consternados, desprovistos tanto de pasiones como de ideas propias.


Y si no hay palabras, el único vehículo accesible para desalojar la fuerza de las pasiones interiores es la violencia. Un adolescente reprimido en sus posibilidades de expresión es una bomba de tiempo, y en nuestro país hemos visto ya, lamentablemente, terribles ilustraciones en este sentido.


Por eso es necesario dar palabras al adolescente, y escuchar a tiempo sus propias palabras. “Veo cómo enmudece el mundo en donde amputan las alas a la palabra”, dice el poeta Edmond Jabès.
Cuando se habla del amor, los ensueños de amor, los recuerdos de amor que tan fuerte impronta tienen en la vida de los adolescentes, suele olvidarse que el tejido mismo del encuentro amoroso no consiste sólo en el descubrimiento mutuo de la sexualidad deslumbrante como éste puede ser sino también, en gran parte, en las palabras que brotan del impulso amoroso.


El amor no es un objeto y no es tampoco una idea, y por eso no lo alcanzan las maquinaciones de la filosofía analítica. El amor es experiencia, gestos y, en gran medida, palabras: y cuando faltan las palabras, se esfuman la intimidad y el encanto del acontecer amoroso.


De allí la atracción de los grandes epistolarios amorosos, las clásicas novelas pasionales, los diarios personales que van mostrando las inflexiones de una relación, las conversaciones recordadas en transcripciones fieles y detalladas, la huella de un verbo o una expresión cariñosa, un adjetivo secreto, un invento, una imagen que se juega en una tarde de caricias, un poema hecho a cuatro manos, un mensaje telefónico o un correo electrónico en tres palabras que todo lo dicen.


El adolescente privado de la posibilidad de la palabra amorosa está virtualmente castrado. Emerson decía: “El hombre es la mitad de sí mismo; la otra mitad es su expresión”. Lo que es cierto para el ser humano en general es doblemente cierto para un joven amante. La otra mitad del amor es el diálogo con la pareja, el hablar que va tejiendo y consagrando el adentramiento mutuo en la correspondencia amorosa.
Alberto Magno dice con razón que “el mayor de los placeres humanos es buscar la verdad en la conversación”. Pero no sólo la verdad se busca en la conversación, como los diálogos socráticos lo demuestran tan fehacientemente, sino también el amor.


Nuestros adolescentes hoy día no sólo se quieren sino que han reintroducido valientemente el yo te amo, prohibido por cursi en la generación paterna, y han recreado la correspondiente distinción.
Conviene preguntarse también por el sentido de salir, ese modismo que se impuso a partir del momento en que los jóvenes rechazan los matrimonios arreglados por los padres y salen definitivamente de la tutela parental en esta materia. “Salí sin ser notada / estando ya la casa sosegada”, dice Juan de la Cruz en el poema místico-erótico más hermoso del español.


Pero ¿adónde salen ahora quienes salen? Ciertamente, no a la noche mística. Salen a la calle, al mundo, a las discos, a los gimnasios, a los restaurantes de moda: se muestran, se exhiben, se exponen, como parejas, a la aprobación o el rechazo de la calle o de su grupo. El amor se ha vuelto en gran medida exhibicionismo y voyeurismo, narcisismo y dependencia; de la aplastante tutela familiar se ha pasado al riguroso control social que establecen la moda, la dieta, el ritmo y el automóvil que debe mostrar la pareja que sale.


Se hubiera dicho que el amor era entrar antes que salir: en principio, los enamorados entran en la noche, en una casa, en una cama; la intimidad no es sino una profunda entrada personal y física en la vida de otro ser. Alguien se metía con alguien hace un tiempo; nacía un metejón. Pero el amor que sale ahora es el amor extrovertido y ruidoso de quien necesita la certeza de la mirada del otro y el apoyo del testimonio grupal: he aquí mi pareja, la prueba de mi solvencia sexual, la garantía de que no estoy vergonzosamente solo. Salgo, bailo, gasto y muestro: ésta es la manera presente del amor.


El placer no pasa ya por la conversación, esa antigua reliquia olvidada. La patética pobreza de los diálogos de amor entre adolescentes en nuestras telenovelas ilustra hasta qué punto nos hemos alejado de los tiempos en que las parejas se hablaban.  Se tiene la impresión de que recurrir al léxico “anglo” exime en cierto modo del sentimiento del fracaso total: seremos desdichados pero nos redime en cierta medida la inmersión en la lengua del imperio.


Los adolescentes han proscripto el amante, romanticón y antiguo: novio, amigo o pareja son los términos corrientes. Pero novio huele a naftalina, amigo es hipócrita, o en el mejor de los casos ambivalente, dando lugar a peligrosas confusiones, y pareja es expediente tan socorrido cuando se trata del dominio gay –donde acaso correspondería más decir, en el caso de los varones, su parejo– que probablemente los chicos vuelvan a encontrar nombres más frescos y afortunados para las relaciones que tanto los absorben.


Entre los arranques positivos y creativos promovidos por los adolescentes se encuentra la constante innovación en el lenguaje de la admiración sexual y estética, donde hemos ido pasando gradualmente de los churros y budines de otrora a los lomos y bombones del presente: una leve mejoría gastronómica que parece evidenciar un paulatino refinamiento. Pero también las mujeres han pasado a ser reinas y diosas gracias a los adolescentes. Aunque genia e ídola sean gramaticalmente incorrectas, me parecen mejores que las innovaciones que nos llegan peligrosamente de España, donde se escuchan perplejidades tales como: “Es mejor que la arquitecto no suba a los andamios, porque está embarazada”.


El vocabulario juvenil ha ido desterrando afortunadamente el dudoso calificativo de mona para exaltar la belleza femenina. El Diccionario de Autoridades apunta la evolución del término, que en 1639 ya está registrado como característico de los imitadores. Así, Fray Juan de los Angeles critica a las monjas frívolas que “están en los coros como monas, haciendo gestos y meneos”. Más tarde, al parecer, las habilidades imitativas comenzaron a adquirir prestigio, particularmente si se daban entre las mujeres. El Padre Feijoó comenta, un siglo después: “A cada paso se ven niñas que, con sus jueguecillos, imitan aquella festiva inquietud de las monas; y aun por eso se suele dar a aquellos juguetes el nombre de monadas o monerías; y de las niñas que son muy festivas se dice que son muy monas”.


Infantilismo, imitación y complacencia femeninas: tal es el extracto de cualidades de las que deriva el ser muy mona, ser monísima, codiciado entre nosotros alguna vez como marca de admiración y hoy, por suerte, paulatinamente desterrado.


Las mujeres eran en un tiempo sólo bonitas; ahora han sido promovidas y están buenas. Acaso conviene aquí recordar lo que dice Macedonio Fernández: “Lo bonito, dice Schopenhauer, es opuesto a lo bello. ¿Por qué? No lo dice, y creo poder decirlo: porque no nos conversa de la muerte”. Lo curioso es que en realidad, etimológicamente, bello desciende de un diminutivo de bueno (en latín bellum proviene de benulus, diminutivo de bonus). De allí la legitimidad de lo bonito. Lingüísticamente, parece haberse sentido que lo bello es un pequeño avatar de lo bueno.


Pero nuestros chicos se resisten a considerar como pequeño este avatar y sostienen la equivalencia de lo bello y de lo bueno sin distinciones de ninguna especie. Y si reflexionamos un poco, vemos que hoy día decimos que un libro, una película, una comida, un vino están buenos para decir que nos gustan; en el fondo, que nos hacen bien. Y es verdad que la belleza nos hace bien, y bueno es reconocerlo.


La palabra es el puente más efectivo entre nosotros y la realidad, entre nosotros y los otros. Hay una suerte de Eros que se realiza en la palabra, primero en el logro de conectarnos con la palabra misma, que es afecto, intelecto e intención, mente y verbo, imagen y sonido a la vez. Pero transmitimos esa palabra no abstractamente en sí misma, sino incorporada a una red de otras palabras.


El objeto de deseo del acto de la palabra es en primer lugar la palabra misma, el sentirnos conectados a ese sistema de electricidad central y fundamental que es el lenguaje, que nos identifica, nos da la identidad primera del hablante y del comunicante y nos comunica, es decir, nos conecta al mundo de los otros hablantes y escuchantes.


Esto es lo que da al niño el impulso enorme que experimenta para incorporarse al lenguaje de sus mayores, una red complejísima y vitalmente necesaria que con rapidez intenta asimilar para asegurarse su lugar en el mundo social que lo aguarda. 


Entonces ocurre el segundo logro, el de contactarnos con alguien que nos permite comunicarnos, no sólo con él, sino con nosotros mismos, a través de la convergencia entre nosotros, la comunión de la palabra. Triple comunión entonces, primero con el lenguaje, luego con el Otro, finalmente, más profundamente, con nosotros mismos.


Cuando el adolescente es privado de la conciencia y el goce de la palabra, se siente triplemente inerme, destituido del lenguaje, del contacto con el otro y del contacto consigo mismo. Cuantas menos palabras posee, más ataráxico, apático e indiferente se vuelve; la violencia física es entonces la expresión más común de la castración verbal…”



Leído en: revista El Arca/60  * Poeta, ensayista y periodista. 

miércoles, 30 de abril de 2014

domingo, 16 de marzo de 2014

Diplomatura en LIJ 2014-15 (Duración 18 meses)

Diplomatura en LIJ 2014-15 (Duración 18 meses) Inicio: 03 de Mayo Cursado: Presencial. REQUISITOS:  Acreditar título de grado terciario o universitario.  Estar en ejercicio de la profesión. ARANCELES Inscripción: $150 Actualización: 5 (cinco) cuotas de $300 (trescientos) cada una. Especialización: 8 (ocho) cuotas de $300 (trescientos) cada una. Diplomatura: 12 (doce) cuotas de $300 (trescientos) cada una. DESTINATARIOS: Docentes de Nivel Inicial, escuela primaria, escuela media. Docentes de IFD, terciarios y/o universitarios. CONSULTAS: cemillij.fhycs@gmail.com ó extension@fhycs.unam.edu.ar Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (Tucumán 1946) Posadas-Misiones Módulos Carga horaria semi-presenciales Carga horaria semi-presenciales total Módulo 1) Acercamiento, percepciones y problematizaciones de la denominada Literatura infanto-juvenil Módulo 2) Historia y Cultura de la Infancia y la Juventud Módulo 3) Literatura y escuela: La lectura. Módulo 4) El problema del género. Territorialidades. Módulo 5) La imagen como discurso literario. Módulo 6) Imaginarios juveniles en las tramas textuales de hoy. Módulo 7) Mediación y promoción de la lectura en contextos diversos. Módulo 8) Seminario de escritura. Proyecto de Acción: Proyecto de mediación y promoción de la LIJ ------- -------- -------- total 420 El seminario de escritura se distribuirá en cinco encuentros, cada uno de los cuales se haría ocupando toda una jornada al promediar la finalización de cada módulo. Diplomatura Módulo 9) Problemas generales de la Posmodernidad y los discursos literarios en contextos. Módulo 10) La LIJ en el mercado editorial y cultural. Selección, censuras y exclusiones. Módulo 11) Taller de escritura e investigación Módulo 12)Trabajo integrador ------------- Tesina Investigación en el campo de la LIJ -------- ------- ------- TOTAL DEL TRAYECTO DE DIPLOMATURA 620 Metodología:  Clases presenciales teórico-prácticas: metodología de Taller o Exposiciones dialogadas.(conversación, argumentación) o Trabajos grupales. o Paneles, foros  Actividades no presenciales de autogestión.  Producción de textos de circulación académica y paraliterarios.  Reflexión metacognitiva.  Las jornadas de trabajo se piensan con distintas variantes: conferencias, trabajo en comisiones, se recomienda la lectura del material teórico previa a cada encuentro (esto es primordial para que las conferencias y los talleres sean productivos).

El equipo se fortalece

Cronotopo-Bajtín

Bajtín, Mijail. “Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela. Ensayos sobre Poética Histórica” en Teoría y estética de la novela. Madrid. Taurus. 1989. Ficha de Circulación interna. Informe realizado por: Prof. Diaz, Cristian CRONOTOPO. Según Mijail M. Bajtín, la correlación esencial que se da entre las relaciones espaciales y temporales en la obra literaria en general y la narrativa en particular. La noción de "cronotopo" la acuñó el gran teórico de la literatura MijailBajtin<1989> para referirse a las formas en que las novelas relatan el tiempo y el espacio, creando escenarios dialógicos en los que los sujetos interactúan de una forma particular. "Con Bajtin sabemos perfectamente que espacio y tiempo no existen separadamente; que no hay espacio sin tiempo, ni tiempo sin espacio, por más que nuestras operaciones separadoras (conocer: cog-noscere es separar, dividir) insistan en ello. La noción de cronotopo es mucho más que un término feliz: es un concepto que se resiste a ser pensado, y que insiste en ser vivido, vivenciado, experimentado. Por ello, como reproducción del macrocosmos al que pertenece, todo relato (microcosmos) tiene su big-bang (y su big-crunch): un principio y un fin en el tiempo, pero también una apertura y un cierre de la espacialidad instaurada a través de las palabras, de las imágenes visuales, de los sonidos no verbales, etc., desde el desembrague. Entrar en la reflexión del espacio como un simple "decorado" (aunque sea -y ya es mucho- un "decorado mítico") es una torpeza. El espacio es un constituyente de la ex-sistencia para los seres materiales. Ex-sistimos en el espacio. El ex- marca el punto cero, la in-ex-sistencia. Toda sistencia (toda consistencia, asistencia, resistencia, persistencia, insistencia, desistimiento) se da en el espacio.O el espacio es, básicamente, un en. Y nosotros -que no paramos de discurrir- somos, fundamentalmente discursos en tránsito (¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?)." "La identidad, no podemos olvidarlo, está definida como posición en relación a una geografía, a un espacio social y ecológico particular. Esto la liga íntimamente con la espacialidad. Por esto último, Bajtin ha buscado explicar la transformación en la producción de sentido por la vía del género novelístico empleando el concepto de cronotopo. Traducido literalmente como "tiempo-espacio", implica la fusión de los índices espaciales y temporales en un todo inteligible y concreto. El cronotopo establece la imagen del hombre en la literatura, imagen siempre ligada a la relación espacio-temporal. No hay que olvidar a este respecto que los sistemas de representaciones simbólicos que conforman las culturas son los resultantes de modos específicos de apropiarse la naturaleza y de ubicarse en ella y relacionarse con ella. Los códigos mentales se desprenden de estos sistemas simbólicos. De ello mismo se desprende un lenguaje, vehículo que articula una forma de pensamiento particular, y que en el acto de nombrar las cosas y el entorno, implica una relación particular del medio en cuestión. Nombrar es introducir sentido y es también introducir orden, un cierto tipo de orden social del cual se desprenden los valores intrínsecos que van a regir esa comunidad particular. Los cronotopos son, para Bajtín, el centro organizador de los eventos narrativos. El cronotopo hace visible el tiempo en el espacio y permite la narración del suceso: es el vehículo de la información narrativa. "Un ejemplo sería el comienzo del Quijote: "En un lugar de la Mancha…" que subvierte la tradición caballeresca situando al héroe no en un lugar exótico y lejano sino en un pueblo manchego, donde todo era rutinario, cotidiano (el tiempo de la novela picaresca) y aburrido." (Viñas Piquer, 2002:469). "Cada cronotopo delimitado en una obra puede incluir, a su vez, innumerable cantidad de cronotopos más pequeños pues, cada motivo, puede tener su propio cronotopo". “El concepto de cronotopo se puede extender más allá de la literatura, pues existen cronotopos de la vida real, es un elemento fundamental de la vida social. El presente, y sobre todo el pasado, son enriquecidos a expensas del futuro. El cronotopo puede representarse como un camino que integra perfectamente el tiempo y el espacio en una sola línea continua. El camino implica un recorrido, y ese recorrido es tan lineal como él mismo: se parte de un extremo del camino (el inicio) para llegar a otro (la meta). La fuga al futuro.”

El Padre – Antonio dal Masetto

El Padre – Antonio dal Masetto Cuando pienso en mi padre me vienen a la memoria los regresos a casa, al terminar nuestra jornada de trabajo. Volvíamos de noche, él en bicicleta y yo trotando. Corría a la par, a veces me atrasaba un poco y luego lo alcanzaba. La bicicleta era de mujer, el asiento estaba demasiado bajo y mi padre, un poco echado hacia atrás, pedaleaba despacio por la calle de tierra. Estoy seguro de que no hablábamos. En realidad tengo la impresión de que nunca hablábamos. Si intentara recuperar algún diálogo con mi padre me resultaría imposible. Sólo frases sueltas. Esto de los regresos ocurría en Salto, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde fuimos a vivir cuando emigramos de Italia. Un hermano de mi padre estaba en la Argentina desde antes de la guerra y le había ofrecido una participación en su carnicería. Yo tenía doce años. Recorrimos ese trayecto durante meses y meses. Con frío, con calor, con lluvia. Después de tantos años, la memoria rescata una única carrera nocturna que las resume a todas. Esa imagen siempre vuelve y se impone sobre los demás recuerdos. Aunque son muchas, nítidas y fuertes las imágenes que tengo de mi padre. En general de la época de mi niñez, en el pueblo italiano, antes del largo viaje en barco a través del océano. Podría intentar hacer una lista y creo que no acabaría nunca. Ahí está la figura de mi padre, oscura y quieta bajo una nevada, esperándome en el portón del colegio de monjas al que yo iba. Mi padre guiándome por un atajo, a través de una colina que dominaba el lago, hasta llegar a la desembocadura de un río donde nos deteníamos a pescar. Mi padre caminando cauteloso unos pasos delante de mí, en los bosques que comenzaban más allá de las últimas casas: bajo el brazo llevaba la escopeta belga de dos caños de la que estaba orgulloso. Mi padre cortando pasto desde el amanecer hasta el anochecer, en el campo de un terrateniente, parando unos segundos para sacarle filo a la guadaña, secarse el sudor de la frente y tomar un trago de agua. Mi padre vaciando la letrina con dos baldes colgados en los extremos de una larga vara de madera que se cruzaba sobre los hombros. Mi padre abonando los surcos de la huerta con el contenido de esos baldes. Mi padre hachando troncos, apretando los dientes y soltando un soplido ronco en cada golpe. Mi padre llegando a casa de noche, con un pino para el árbol de Navidad, seguramente arrancado de algún lugar prohibido. Mi padre emparchando la cámara de una bicicleta. Mi padre con el torso desnudo, afeitándose en el patio, frente a un espejo colgado de un clavo, explicándome por qué había dos zonas de la cara que necesitaban ser enjabonadas más que el resto. Mi padre fabricándome una flauta. Mi padre lavando una oveja en el arroyo para luego esquilarla. Mi padre realizando trabajos de albañilería, de carpintería. Mi padre sembrando, cosechando, pisando la uva para hacer vino, injertando frutales. Teníamos un ciruelo que daba frutos amarillos en una rama y rojos en otra. Un peral que daba peras de diferentes estaciones. Yo estaba asombrado con tantas habilidades. Aquel hombre sabía hacer de todo. Parecía que nada tuviera secretos para él. Mi padre era un montañés callado y tímido. Pero podía irritarse y mucho. Una vez lo vi perseguir a un tipo por la calle hasta que el otro saltó por encima de una cerca que daba a un barranco y escapó. Se trataba de una disputa entre vecinos. No recuerdo la razón o nunca la supe. Tengo una imagen muy clara de esa violencia al aire libre. Todavía me parece oír el jadeo de los dos hombres corriendo. Me pregunto qué hubiese pasado si mi padre lo alcanzaba. Con nosotros nunca se enojaba. Nos quería y nos respetaba. Pocas veces tuve oportunidad de aplicar tan adecuadamente la palabra respeto. De él, sin duda, heredé la inconsciencia y la tozudez. Estoy pensando en la actitud de mi padre durante la guerra. Trabajaba en una fábrica de gas y a veces su turno terminaba en la mitad de la noche. De nada servían los ruegos de mi madre y los consejos de sus compañeros. Volvía a casa sin esperar que amaneciera, desafiando el toque de queda y las balas, porque quería dormir en su cama, era su derecho, y no existían Hitler o Mussolini o guerra que se lo impidieran. Partió para América en 1948. El día de la despedida reía, bromeaba, se lo veía de buen humor, pero a mí me pareció que lo hacía para darse ánimo y cubrir el desconcierto. Recuerdo el reencuentro en el puerto de Buenos Aires, pasados dos años de separación, su abrazo torpe y sin palabras. En el viaje en tren a través de la llanura invernal, rumbo al pueblo, tampoco habló demasiado. Iba sentado junto a mí y su brazo se mantuvo rodeándome los hombros todo el tiempo. De tanto en tanto sus dedos se comprimían para darme un apretón. Después vino el trabajo a su lado, en la carnicería, donde aprendí la recorrida de los clientes antes de memorizar la primera media docena de palabras en castellano. Salía al reparto a la mañana y a la tarde y, cuando terminaba, ayudaba en el negocio. Siempre había algo que hacer. Limpiar la picadora de carne, la sierra eléctrica, lavar el piso, pelar ajos para los embutidos, darles agua a los animales. Empecé a jugar al fútbol en la sexta división del Club Compañía General. Estaba contento con los botines, el pantaloncito y la camiseta que me habían dado y podía llevarme a casa. Los partidos eran los sábados después de mediodía y a veces llegaba con un poco de retraso al trabajo. Entonces, durante toda la tarde, vivía en un clima de acusaciones silenciosas. Las acusaciones provenían de mi tío y mis dos primos. Mi padre no me decía nada. A lo sumo rumiaba una frase en voz baja cuando me veía aparecer corriendo. Se sentía obligado con su hermano mayor que lo había traído a América, y la deuda me incluía. Estoy seguro de que esa dependencia lo amargaba. Pero no podía hacer nada y guardaba silencio. También en el reducido territorio de aquel negocio éramos extranjeros y había que ganarse el espacio y soportar las humillaciones cuando llegaban. Yo intuía que mi padre hubiese deseado un destino distinto para mí. Una noche, cinco años después de la llegada al pueblo, emprendí otro viaje. Partí a descubrir la ciudad. A esta altura mi padre se había separado de mi tío y había instalado su propia carnicería. No le iba bien. Mi padre no era el mismo de antes. América lo había golpeado. Yo no estaba con él en el negocio nuevo. En los últimos tiempos había trabajado de cadete en una farmacia. Me fui sin que lo supiera. Mi madre y mi hermana me vieron dejar la casa porque se despertaron mientras yo preparaba la valija. No lograron retenerme y tampoco se animaron a llamar a mi padre. Ignoro cuánto pudo dolerle aquella huida. Nunca me la reprochó. Después, en los espaciados regresos al pueblo, me encontraba con pequeños cambios en la casa. Algunas comodidades en el baño, en la cocina. Me enteré de que una vez, al comprar un calefón, mi padre comentó: “Para cuando venga Antonio”. Por lo tanto pensaba en mí con cada mejora. Cuando murió, yo estaba lejos. Una enfermera iba a aplicarle inyecciones día por medio. La última fue un sábado. La enfermera se despidió hasta el lunes. Mi padre dijo: “Vamos a ver si aguantamos hasta el lunes”. No aguantó. Sé que en el final preguntó por mí. Llegué al pueblo el día posterior al entierro. Venía desde Brasil, viajando en trenes y en ómnibus. En la puerta encontré al marido de mi hermana que me dijo: “Papá murió”. Muchos años después de su muerte, mientras mirábamos unas fotos, oí a mi hermana murmurar: “Qué hermoso era papá”. Nunca había pensado en eso. Eran fotos de sus veintisiete años, tenía a un chico de meses en brazos, estaba tostado por el sol y se le notaban los músculos bajo la camiseta clara. Se lo veía feliz. El chico era yo. De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo. Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y de silencio. Así las veo. Avanzábamos a través de un decorado de casas mudas y luces fantasmales en las ventanas y en los patios. Yo me sentía extraviado en esa oscuridad y la sensación no me gustaba. Quería llegar rápido, para que pasara la noche, y luego el día, y otra noche y otro día, hasta que el cerco de las noches y los días se rompiera. ¿Y mi padre? ¿Qué pensaba? ¿Qué significaba para él ese tránsito entre la agitación de la jornada y la promesa del descanso? ¿En qué medida mi presencia le servía de compañía, de incentivo, de alivio? ¿Me vería como yo me veo ahora en el recuerdo? Lo que veo es un cachorro impaciente, agazapado en el fondo de sí mismo, esperando su oportunidad para dar un salto. Mi padre pedaleaba y yo trotaba a su lado. No teníamos otra referencia que el foco de la bicicleta alumbrando un óvalo de tierra, hipnótico, surgido como desde un sueño, renovándose en una calle que podría no tener fin. Esa luz mínima marcaba el camino y finalmente nos sacaba de la oscuridad. Nos guiaba a la mesa familiar preparada para la cena, a los rumores de las sillas arrastradas sobre el piso de ladrillos y de los cubiertos en los platos. Pero durante ese trayecto permanecíamos lejos de todo. Ahí estábamos solos y estábamos juntos. Nos movíamos en una zona de vacío entre un mundo que ya no existía, perdido del otro lado del océano, y este otro que se proyectaba en los días futuros y estaba hecho de necesidades e insatisfacciones y furias contenidas y esperanzas obstinadas.

Seminario-taller 2013 UNaM

Literatura y lectura en comunidad.

III SIMPOSIO DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL EN EL MERCOSUR Universidad Nacional de San Martín. Escuela de Humanidades Ponencia Expositora: Prof. Arce, Rita Micaela. Correo electrónico: micaela_arce29@hotmail.com Literatura y lectura en comunidad. “Va a ser un derecho, o más bien un poder, exactamente inverso: poder de hacer vivir y de dejar vivir.” Foucault, 1976. Durante el 2012, en convenio con la EBY , el CeMILLIJ , luego de desarrollar un curso de capacitación de Mediación en lectura comunitaria, llevó adelante el proyecto de instalación de clubes de lecturas en dos barrios periurbano de la ciudad de Posadas, Misiones cuya coordinación estuvo a mi cargo. Una de las metas principales del equipo fue crear un espacio comunitario de lectura literaria en el cual se viviese la experiencia de estar en contacto con los libros, las narraciones y las imágenes a modo de establecer nuevos vínculos entre la universidad, la comunidad y la literatura. El barrio San Isidro se constituyó básicamente por los ex -pobladores de la costa del Paraná que debieron ser reubicados por la construcción de la represa hidroeléctrica Yacyretá . Los habitantes no sólo debieron abandonar sus hogares sino que se vieron obligados a modificar sus prácticas y costumbres para adoptar nuevos hábitos que le permitieran sobrevivir lejos del río. Muchos de ellos comenzaron a desempeñarse como “changarines ” para todo tipo de empleos a fin de tener algún ingreso económico. Sin embargo, con el paso del tiempo lograron organizarse y conformar una cooperativa olera de “vecinos ex-pescadores” dedicados a la fabricación de ladrillos. Lo que nos moviliza. La invitación a compartir una narración o un momento de lectura de literatura, en cualquier etapa de nuestra vida, puede significar una oportunidad de recreación, reconocimiento, desarrollo y disfrute tanto de las experiencias propias como ajenas. No ha sido casual que la literatura haya sido alejada de las masas. En este sentido, Claudia López afirma que el acto de leer implica un quiebre, una apertura, una llamada, una experiencia que deja huellas y habilita la toma de la palabra: “Hacer propio lo que leo supone, de alguna manera, “poner en jaque” al autor y sus mediadores y abrir espacios en el texto para inscribir una voz propia.” La misma autora enuncia que actualmente existe una nueva amenaza que ya no está signada por la censura sino por la imposibilidad de tener un tiempo para leer, de apartarnos un momento del día para el encuentro personal con la lectura y por ello, es común ser parte del semianalfabetismo o analfabetismo funcional que nos limita a leer sólo lo imprescindible para cumplir con nuestras rutinas diarias . Los primeros pasos… Para comenzar, se programaron encuentros semanales con talleres de lectura, escritura, reflexiones y juegos en los SUM de cada barrio. Los salones barriales resultaron lugares estratégicos para la instalación de los clubes ya que continuamente convocan a los vecinos a la participación, integración y apropiación de ese espacio a través de distintas actividades. En los clubes de lectura se asumió la responsabilidad de poner en juego un corpus literario que generara experiencias significativas en cada encuentro. Para ello, se realizó una selección minuciosa de los textos que compondrían la mochila con la que los mediadores llevarían adelante los talleres. El criterio fue amplio e incluyó cuentos, mitos, leyendas, novelas, poesías, trabalenguas, coplas, adivinanzas y textos teatrales. Se priorizaron obras que demostraran un trabajo con el lenguaje poético y que estuviesen abiertas a lecturas plurisignificativas. Dejando de lado los posibles planteamientos que prefiguran limites y preconceptos basados en la condición socio-comunitaria o la edad de los pequeños lectores, se seleccionaron obras que demandaran un esfuerzo cognitivo para la comprensión de los textos. Además, la puesta en escena de nuevos relatos, no predecibles, implicaba la necesaria escucha atenta y el silenciamiento de las voces para disfrutar de la experiencia del encuentro personal con lo literario. La necesidad de quebrar los moldes. Si consideramos que el texto literario, en tanto creación artística, tiene la capacidad de generar desconcierto, goce, inquietud, evasión o extrañamiento ante lo cotidiano entonces nos preguntamos: ¿por qué en barrios como San Isidro no existen espacios en los cuales los habitantes puedan disfrutar de estas experiencias con la literatura? Ante este cuestionamiento, surgen muchas posibles respuestas pero compartimos la afirmación de Sara Hirschman quien dice que más allá de los motivos por los cuales la literatura se volvió un privilegio de cierta clase social, es necesario hacer algo para que vuelva a estar al alcance de todos ya que es un derecho obtenido con mucho esfuerzo. La literatura, con mayor razón si es LIJ, aún no puede desprenderse del fantasma de la moral que allana los textos literarios a una función didáctica y operativa que resulta cómoda, facilista y práctica para los adultos que establecen lo que Graciela Montes denomina corral de la infancia que si bien protege al niño, también lo limita. Por ello, resulta interesante la reflexión de Deleuze: “¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá donde esté encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros?” La selección literaria. Un aspecto muy importante para la instalación del club de lectura fue la elaboración del corpus de obras literarias que serian utilizadas por las mediadoras y que luego pasarían a ser patrimonio de la comunidad: Los libros para niños para adultos tienen la característica de ser libros inolvidables, libros de cabecera, que no pierden vigencia en cada actualización y que se pueden leer una y otra vez. Verónica Uribe describe como Los libros para niños para adultos a aquello que poseen una notable universalidad investiga acerca de las características de los textos literarios infantiles que han sobrevivido a las críticas, a los cambios contextuales y al olvido e ingratitud de la academia que no las reconocen en su merito de establecer un primer vinculo entre en niño y la cultura. Otro concepto interesante que desarrolla es el del adueñamiento que surge en el momento en el cual un adulto inicia la lectura de un libro infantil y no puede dejar de leerlo ya sea por el reencuentro con el niño interior, con recuerdos de la infancia o porque el texto ha logrado tocar las intimas fibras de sensibilidad al nombrar las cosas por su nombre como lo hacen los niños, con sencillez, con claridad y verdad: “En este sentido hay en la mayoría de estos libros una calidad poética, entendida ésta como la capacidad de generar múltiples lecturas, de congregar una multiplicidad de accesos. Estos libros son pues susceptibles de despertar inquietudes y vínculos afectivos en distintos receptores.” Como ejemplos de estos textos hallamos: “ El árbol de sombreros”, de M.E. Walsh, “Los sueños del sapo”, de Javier Villafañe o “Qué pasaría si..”de Silvia Katz; libros álbumes: “Donde viven los monstruos”, de Sendak, “Los monstruos ya no asustan”, de Javier Peña; “La sorpresa de Nandy” Browne, Eileen,; “ Fernando furioso”, Satoshi; también los cuentos clásicos tuvieron su participación con “El traje nuevo del emperador” y “Caperucita”. Incluso se disfrutó de la poesía en “Ver llover”, de Iglesias así como también de una antología de frases, trabalenguas y rimas populares en diálogo con las antologías de narrativa oral “Mi burro enfermo”, y “Juguemos en el bosque” de ediciones Ekaré fueron el centro de las actividades del club literario. Cabe destacar que los libros álbumes ocuparon un lugar privilegiado en la selección, ya que la imagen permite incluir a aquellos que aún no saben leer – tanto niños como mayores- que pueden seguir la narración desde el reconocimiento de las ilustraciones que no son ingenuas sino habilitantes de voces que no se sentían consideradas en la aún indescifrable palabra escrita. Uribe afirma que las obras con calidad literaria nos desarman por la precisión con la que tratan aquello que a veces resulta inasible. En ellos existen significados que tocan la sensibilidad del lector, concentrados en una estructura lingüística y un estilo sencillo... Así sucedió con el libro álbum “La caja”, en el cual se presenta a un personaje que debe elegir qué cosas llevar en una caja el día de la mudanza. La idea de la partida, la separación, los cambios, las perdidas y adaptaciones , lo que llevamos y lo que dejamos fueron algunos de los temas que surgieron cuando abrimos el diálogo en una ronda donde ellos atentos escuchaban la narración, observaban las imágenes y se hacían participes de un relato que los interpelaba con cada objeto que el personaje seleccionaba. Luego de conversar con los niños acerca de la lectura, los invitamos a que dibujaran o escribiesen- los que supieran hacerlo- en una hoja algo especial que desearían colocar en la caja. En el momento de socializar las producciones, cada uno narraba qué había elegido y por qué lo quería guardar: -“Mae yo quiero poner el dibujo mi oso de peluche marrón que me regaló mi papá por el día del niño… - Yo voy a dibujar un helado de chocolate con caramelo que mi favorito… - ¿Mae yo puedo poner un caballo en la caja?, es lo que más me gusta, al lado de mi casa hay uno y yo le doy pasto todos los días.. - Yo quiero que mi hermanito chiquitito esté ahí porque es muy lindo pero todavía no me dejan alzarlo… - Yo dibujé esto: un parque, flores, un arcoíris y a mi abuela que está muy feliz. Así debe ser el cielo. Ella seguro que está feliz, pero yo a veces la extraño mucho.” Este es un ejemplo de por qué el club de lectura literaria no es un espacio de entretenimiento sino como un lugar en el cual los pequeños lectores pudieron hallar un relato que además de incluirlos, los conmueva, los sorprenda, los invite al cuestionamiento. Cuando la niña hizo referencia a su abuela nos conmovió, sin embargo, lo importante fue que ella encontró en ese relato un espacio mágico y feliz donde resguardar su nostalgia. La literatura, el discurso poético, la metáfora, metonimia, sinécdoque o el recurso de la imagen- lo que haya sido- despertó en ella una idea de cobijo, de cuidado y tranquilidad. Algunos destellos. El club fue creciendo, en número y experiencias, semana tras semana llegaban con las caritas sucias o descalzos a reencontrarse con sus compañeros. Fuimos creando un espacio con nuevos hábitos ya que ellos al entrar al salón podían hallar alguna sorpresa: un improvisado escenario de títeres, alguna disposición diferente en los muebles del lugar, o la serie de materiales con los que se trabajaría además de la alfombra sobre la cual estaban a su disposición todos los libros del club. Algunos llegaban y realizaban una minuciosa inspección de los libros para luego tomar uno y apartarse a leer, otros comparaban, revisaban, surfeaban con lecturas fugaces de títulos e imágenes, algunos que incluso no sabían leer palabras escritas, leían las imágenes, las ilustraciones, los colores, las escenas que se les presentaba en cada vuelta de hoja e inventaban los relatos. En más de una ocasión decidimos postergar el momento de apertura del taller debido a que ellos estaban no solo leyendo sino creando sus propias narraciones, habitando ese espacio. Luego de cada taller era el momento de la reflexión, de la autoevaluación y planificación del próximo encuentro. En uno de los registros se puede leer: “Hay mucho trabajo por hacer pero los niños están enganchados, van adoptando el hábito de reunirse en torno a los libros, de explorar, de repensar otras opciones, de imaginar sus propias historias y los más importante es que se han apropiado del club como su espacio e invitan a sus amigos para que lo vengan a conocer. Otro factor no menos relevante es que se ha alcanzado un número estable de asistentes que los miércoles en las siestas en lugar de estar en la plaza o viendo televisión pueden venir al Club a leer.” Conclusión La experiencia de actuar como un puente entre literatura y comunidad implicó múltiples desafíos que se agudizaron al momento de seleccionar el corpus literario porque la intención era generar ocasiones para el encuentro de la obra con su lector. Para ello retomamos la idea de lectura que presenta Roland Barthes: “Abrir el texto…es conducir al reconocimiento de que no hay una verdad objetiva o subjetiva de la lectura, sino tan sólo una verdad lúdica…el juego no debe considerarse como distracción, sino como trabajo, un trabajo del que, sin embargo, se ha evaporado todo esfuerzo.” Antes que nada debimos re pensar cuestionamientos como: ¿qué consideramos como buena literatura? y ¿qué haríamos para ayudar a la formación del hábito de lectura en estos contextos? el aporte de Jorge Larrosa acerca de la necesidad de leer textos literarios: “Pero no para repetirlos o para producirlos, sino para afirmar su posibilidad y, quizá, para darles una posibilidad. Una posibilidad de vida.” Los clubes surgen así como una posible respuesta a la necesidad de recuperar el espacio lúdico de la palabra poética y que promueva el encuentro con la literatura a través de experiencias de lectura, escritura, escucha y diálogo y a la apertura a un mundo desconocido, atrapante, desafiante, como afirma Hirshman: “La diestra manipulación del lenguaje no es solo fuente de placer, sino también es fuente de poder.” A medida que se avanzaba con el proyecto y la instalación de los clubes, se volvió una constante el llegar al barrio y que los chicos estén en las veredas, recostados en los bancos de la plaza o trepados en los arboles esperando la llegada de las mediadoras o quien tuviese la llave del SUM que habilitaría esa nueva jornada de lectura literaria. He aquí el poder, poder de establecer un espacio de encuentro, de incentivar nuevos modos de habitar la realidad, de imaginar, de crear, de habilitar voces y soñar que esos niños puedan seguir teniendo un espacio para leer y disfrutar de la literatura. Bibliografía: • Abdadla, A- Barrientos, C: “El té literario y las Actividades con la Comunidad” Bs. As. Instituto de Formación Superior Juan Amos Comenio 817. Buenos Aires • Barthes, Roland: “Escribir la lectura” en : El susurro del lenguaje. Siglo XXI. 2003 • Deleuze, G: “La literatura y la vida”. En: Critique e clinique.17. Paris. Le Minuit. 1993. • Eagleton, Terry: Introducción a la teoría literaria. Argentina.FCE.1998 • Eco, Umberto: Obra abierta. Barcelona. Planeta Agostini. 1992. • Hirschman, Sara: Gente y cuentos: ¿A quién pertenece la literatura? México. FDE.2011 • Montes, Graciela. La gran ocasión. Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología.2007 • Larrosa, Jorge: La experiencia de la lectura. FDE. Barcelona.2003 • Lopez, Claudia: “La lectura en la escuela: entre desmesura y precariedad”. Bs As. Pag 4. • Uribe, Verónica: “Libros para niños para adultos” en: Había una vez… revista de literatura infantil y juvenil. Nro 14- Agosto. 2013. Chile. Fundación Había una vez…

miércoles, 29 de mayo de 2013

lunes, 27 de mayo de 2013

Entrevista a Yolanda Reyes

Yolanda Reyes, maestra y escritora colombiana (Bucaramanga, 1959; foto gentileza Filbita 2012), es también Licenciada en Ciencias de la Educación, con especialización en Literatura. Es fundadora y directora de Espantapájaros Taller, un proyecto cultural que forma lectores desde la primera infancia. Escribió numerosos libros para niños, jóvenes y adultos, entre los que se encuentran Los años terribles (Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2000), El terror de Sexto “B” (Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2003), Pasajera en tránsito (Bogotá, Editorial Alfaguara, 2006), Los agujeros negros (Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2008), Cucú (México, Editorial Océano Travesía, 2010) y Ernestina la gallina (México, Editorial Océano Travesía, 2010). Su libro La casa imaginaria: lectura y literatura en la primera infancia (Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2008) reúne sus investigaciones sobre la promoción de la lectura en niños pequeños. Entre otras actividades se destacan sus columnas en el diario El Tiempo de Bogotá y colaboraciones para revistas especializadas, además del asesoramiento en el diseño de proyectos y lineamientos sobre lectura en primera infancia a instituciones como CERLALC, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), el Ministerio de Educación Nacional y la Secretaría Distrital de Integración Social, entre otras, y la dirección de “Nidos para la Lectura”, una colección de literatura infantil del sello Alfaguara. Yolanda Reyes fue invitada a participar de las actividades del Filbita 2012 (Festival Internacional de Literatura Infantil y Juvenil) y allí, luego de un taller que ofreció en la biblioteca La Nube, tuvimos la oportunidad de encontrarnos. Entre libros e ilustradores que llegaban para pintar las paredes del patio de la biblioteca, conversamos sobre la importancia de la lectura en la primera infancia, el trabajo que desarrolla en su escuela-taller Espantapájaros y su escritura, que intenta iluminar con palabras los agujeros negros que todavía persisten en las historias. —¿Por qué es tan importante promover la lectura en niños pequeños? —Entre los 0 y los 6 años se inicia ese momento de la vida que llamamos primera infancia y ocurren los momentos clave en nuestra relación con el lenguaje. Aprendemos a comunicarnos, en la medida en que alguien nos lee y le otorga sentido a nuestros gritos, a nuestros llantos. Aprendemos a hablar después de mucho tiempo de robar voces, de sentir cómo suenan y cómo cantan. Nos ubicamos en el mundo de lo simbólico y, finalmente, nos acercamos al código escrito. Yo creo que no hay tres momentos más importantes en nuestra relación con el lenguaje que comunicarnos, entrar al lenguaje oral e ingresar a la lengua escrita. Todo esto crea un piso, un nido pleno de significación, entrecruzado de afecto y desvinculado de una actividad que luego se vuelve académica, alfabetizadora. Allí se construyen las bases de la casa imaginaria. —Entonces habría que empezar a leer desde que un bebé nace. —Sí, claro. Creo que lo importante es entender que el lenguaje es parte de la concepción de la psiquis y que tiene estructuras visibles e invisibles. Todo ser humano es desde el comienzo de la vida un sujeto de lenguaje que necesita ser leído, descifrado y envuelto en una red de significaciones. El estímulo emocional y cultural que brinda el lenguaje es muy importante en los primeros años de vida. Se trata de hacer del otro un interlocutor, alguien que se construye a partir del lenguaje. —¿Cómo se trabaja en tu escuela-taller Espantapájaros? —El primer taller que proponemos se llama “Cuentos en pañales”. Es un espacio al que van mamás, papás o cuidadores con bebés desde que se puedan sentar, ya que proponemos el primer encuentro entre bebés, adultos y libros. Comienza con una canasta llena de libros para que cada uno tome el que más le guste. Hay niños que se sientan en las rodillas de una mamá que no es la propia, otros están fascinados porque vino un papá y esa presencia masculina los atrae, están los que miran un cuento, mientras una mamá alimenta a su bebé… todo eso ocurre. Damos un tiempo para hojear, morder, tocar los libros, y también para encontrarse, abrazarse. Luego hacemos una pequeña hora del cuento, que pueden ser canciones, cuentos corporales. Algunas veces esa historia se conecta con otras experiencias artísticas, la música siempre está, pero también podemos jugar, amasar, preparar alguna comida que tenga que ver con un libro. Al final volvemos con el préstamo de libros de la misma canasta y los bebés firman una ficha con un rayón. La idea es suscitar otra —o muchas, en realidad— relación entre padres e hijos a partir de la lectura. Por otro lado, está la escuela inicial desde el año y medio hasta los cuatro años donde, a partir del arte y la literatura, se exploran las conexiones entre los lenguajes. Trabajamos siempre con grupos pequeños. A partir de este trabajo, hemos empezado a construir desde hace unos doce años, una propuesta de acercamiento al arte y a la literatura que ayudó a documentar esos primeros años y a pensar propuestas que sirvan también en otros escenarios más masivos, pero partiendo siempre de la idea de que la práctica pedagógica arranca de los niños, se documenta y resignifica y luego se lleva a otros lugares. —Este primer encuentro entre bebés, adultos y libros tiene que ver con el “triángulo amoroso”. ¿Podrías explicarnos este concepto? —Todas las experiencias de lenguaje en la primera infancia, desde las más rudimentarias hasta las más sofisticadas, implican necesariamente la presencia de un adulto. Un adulto que canta, que abraza, que lee y descifra al otro. Yo digo que la lectura en la primera infancia es un ménage à trois, no puede pensarse sin el acompañamiento de este adulto. Muchas veces, en contextos de pobreza y marginalidad son los niños quienes llevan los libros a los adultos y con esa demanda de lectura empiezan a transformar las relaciones. El triángulo amoroso es esa línea que conecta tres vértices: de un lado, los niños; del otro, los libros; y hay otro vértice que es el mediador. Conectar no sólo significa que ese libro sea tomado por el niño, sino muchas veces tiene que ver con sembrar el deseo que por razones distintas no es evidente o no ha nacido. El papel del mediador es abrir múltiples posibilidades, en las que el libro obra como una especie de pretexto, pero también como una pantalla que refleja, ilumina y resignifica esa relación. —En Espantapájaros hay una sección llamada “Los más mordidos”, aquellos libros que más les han gustado a los chicos y por eso han sido literalmente saboreados. ¿Cuáles son estos libros? —El indiscutiblemente más mordido es Donde viven los monstruos (1) de Maurice Sendak, veinte años de mordiscos ininterrumpidos… Maisy (2) suele estar entre los más mordidos, como así también los libros de la colección Clave de sol, de ediciones Ekaré. Helen Oxenbury sigue siendo una campeona. Últimamente, para mi gran placer, han estado Cucú y Ernestina la gallina. Van cambiando, te puedes asomar al blog, donde aparecen publicados. —¿Cómo fue el proceso de escritura de Los agujeros negros? ¿Por qué el título? —Yo estaba escribiendo una novela para adultos que se llamó Pasajera en tránsito, publicada en Colombia en 2006. En el año 2000 me ofrecieron formar parte de esta colección de los derechos de los niños y yo no sabía qué contar… un poco lo que explico en el prólogo del libro. Pero Los agujeros negros era originalmente una novela para adultos, porque yo había pensado que siempre en las relaciones hay huecos, cosas no dichas. Esta novela era una historia de amor con muchos huecos negros que había que rellenar. Creo que escribir es siempre intentar dar sentido a lo que quedó, a lo que se destejió o no encaja bien. Entonces tomé el título prestado, pensando que luego se me ocurriría algo mejor, pero casi no logro dar con el título de la novela y me arrepentí mucho. Hago esas cosas a veces… Los agujeros negros cuenta la historia de un niño al que le matan a sus padres, y cuya madre en el último instante de su vida decide poner a salvo. Después aparece la pregunta de ese niño a su abuela cuando tiene siete años, queriendo saber qué pasó. Me pareció que era una de tantas historias colombianas en la que se habían destejido pedazos enteros y el trabajo de ese libro es dar luz a esos agujeros negros. Este niño no puede dormir en la oscuridad, debe hacerlo siempre con una luz encendida y se trata entonces de iluminar con palabras esas zonas que son dolorosas. —Releyendo Los años terribles, una novela que me gustó muchísimo, encontré también una referencia a los agujeros negros, cuando una de las primas, Juliana, decide separarse de su novio. “Esas cosas por resolver”, dice, “son como agujeros negros, silencios que se van acumulando y que crean climas extraños”. Me pareció interesante esta idea, presente en Los agujeros negros, de silencios que es necesario nombrar, ponerles palabras, aunque esas palabras duelan. —Yo escribo por eso y te agradezco mucho que me lo hayas revelado porque lo había olvidado en esa novela. En Pasajera en tránsito también está. En esos silencios debería haber algo para nombrar la ausencia, aquello que no dijimos. Muchas veces las infancias están envueltas en un aura de supuestos y de misterios de los que no nos hablaron y crecer es como empezar a rellenar esos agujeros negros. —Es justamente cuando estas tres primas crecen y entran en la adolescencia que empiezan a ver, a nombrar esos vacíos. —Claro, lo no dicho en el lenguaje cotidiano es la materia de la literatura. Creo que es hora de dar palabras, aunque duelan. Los interesados en conocer más sobre el proyecto Espantapájaros Taller pueden dirigirse a: Blog: http://espantapajarostaller.wordpress.com/ Web: www.espantapajaros.com Notas de Imaginaria (1) Sendak, Maurice. Donde viven los monstruos. Ilustraciones del autor. Traducción de Agustín Gervás. Madrid, Editorial Alfaguara, 1977 / Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2007. Colección Especiales Álbum. En nuestro número 222 (19 de diciembre de 2007) publicamos una reseña sobre este libro. (2) Se refiere a los libros que protagoniza la ratita Maisy, personaje de la autora inglesa Lucy Cousins. En Imaginaria Nº 169 (7 de diciembre de 2005) publicamos un artículo recomendando estos libros.

Teoría de la LIJ

http://youtu.be/csbPMKxfBHY

lunes, 15 de abril de 2013

Literatura, vida, enseñanza

"Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que de forma espontánea me viene a la cabeza es: porque me ayuda a vivir. Ya no le pido, como en la adolescencia, que me evite las heridas que podría sufrir en mis contactos con personas reales. Más que excluir las experiencias vividas, me permite descubrir mundos que se sitúan en continuidad con ellas y entenderlas mejor. Creo que no soy el único que la ve así. La literatura, más densa y más elocuente que la vida cotidiana, pero no radicalmente diferente, amplía nuestro universo, nos invita a imaginar otras maneras de concebirlo y organizarlo. Todos nos conformamos a partir de lo que nos ofrecen otras personas: al principio nuestros padres, y luego los que nos rodean. La literatura abre hasta el infinito esta posibilidad de interacción con los otros, y por tanto nos enriquece infinitamente. Nos ofrece sensaciones insustituibles que hacen que el mundo real tenga más sentido y sea más hermoso. No sólo no es un simple divertimento, una distracción reservada a las personas cultas, sino que permite que todos respondamos mejor a nuestra vocación de seres humanos." Me reconozco plenamente en esa cita. Son palabras que me hacen feliz y que suscribo en su totalidad. Más aún: de una u otra forma las he venido repitiendo, tal vez con más torpeza, en textos e intervenciones públicas. En este mismo blog creo estar dando testimonio de ello. Lo que me llena de satisfacción no son, pues, esas ideas tan familiares sino la autoría de las mismas. Porque quien eso escribe es ni más ni menos que Tzvetan Todorov. No deja de ser significativo, y a la vez digno de celebración, que uno de los más relevantes teóricos y críticos literarios de los últimos cincuenta años, que tanto contribuyó a la extensión del estructuralismo como método de análisis y conocimiento, y consecuentemente al afianzamiento de los estudios formalistas de la obra literaria, reconozca que se han cometido severos errores en la enseñanza y promoción de la literatura. El título del libro que acaba de publicarse en España, y del que está extraídas las palabras citadas, puede ser entendido a la par como una contrición y una advertencia: La literatura en peligro. Porque lo que viene a decir Todorov es de una obviedad apabullante para muchos de quienes trabajan en las aulas de educación primaria y secundaria, pero al parecer no tanto para quienes lo hacen en las universidades: que el conocimiento de la historia literaria o de los elementos de análisis estructural puede ayudar pero nunca suplantar el verdadero fin de la lectura y el principal objetivo del lector, que es la búsqueda personal del sentido de una obra literaria. Cuántos disgustos y cuántas frustraciones nos ahorraríamos si se asumiera mayoritariamente este principio. Resulta incomprensible la resistencia de tantos profesores a aceptar que una novela o un poema o un ensayo filosófico no se escribieron para ser destripados en un laboratorio o en un aula sino para incrustar un poco de emoción y pensamiento en la vida de un lector anónimo y curioso. Y que en consecuencia las prácticas pedagógicas deben encaminarse a favorecer esa búsqueda. Para más lecturas recomendamos...http://discretolector.blogspot.com.ar/

martes, 26 de marzo de 2013

III Simposio de Literatura Infantil y Juvenil del Mercosur

III Simposio de Literatura Infantil y Juvenil en el Mercosur Fecha: 19/03/2013 El 19, 20 y 21 de septiembre de 2013 se realizará el III Simposio de Literatura Infantil y Juvenil en el Mercosur en la Universidad Nacional de San Martín. Este encuentro pretende constituirse en un espacio de articulación de instituciones dedicadas a la investigación y reflexión sobre la literatura infantil y juvenil. Se invita a la presentación de ponencias que aborden temas relacionados. Los trabajos serán evaluados por el Comité Académico para su aceptación. Fecha: 19, 20 y 21 de septiembre de 2013. Lugar: Universidad Nacional General San Martín (UNSAM), San Martín, Provincia de Buenos Aires. Destinatarios: Especialistas, críticos, maestros, bibliotecarios, licenciados en letras, profesores de literatura, editores, narradores, etc. Organizan el III Simposio de Literatura Infantil y Juvenil en el Mercosur: Programa de lectura, escritura y literatura infantil y Carrera de Especialización en Literatura Infantil y Juvenil. Escuela de Humanidades. Universidad Nacional de San Martín (UNSAM); Especialización en Literatura Infantil–Juvenil en el siglo XXI. Facultad de Humanidades y Ciencias. Sociales. Universidad Nacional de Misiones (UNaM); Cátedra de Literatura Infantil y Juvenil. Escuela de Letras- Facultad de Humanidades- Universidad Nacional de Salta (UNSa); Seminario de Literatura Infantil y Juvenil. Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). OBJETIVOS: · Actualizar los estudios y reflexiones en torno a la LIJ · Jerarquizar y sostener la construcción de la LIJ como campo cultural y disciplinario. · Sostener un ámbito de trabajo y prospectiva para los estudios disciplinares · Promover los espacios de discusión de la LIJ en el ámbito del MERCOSUR · Discutir sobre la LIJ en América Latina y su lugar en la formación universitaria y superior. MODALIDADES 1. Ponencias: Presentación de comunicaciones con núcleos teóricos problemáticos de la LIJ, análisis de corpus y/o autores, presentación de avances y/o resultados de investigación. Exposición de proyectos de investigación, cátedras abiertas, proyectos de extensión y proyectos de voluntariado, postítulos y posgrados que incluyan la LIJ en distintos ámbitos. 2. Conferencias centrales. 3. Paneles de especialistas. EJES TEMÁTICOS PARA LA MODALIDAD DE SIMPOSIO: · LITERATURA, LECTORES E INFANCIA Nuevas problemáticas e interrogantes en torno a la literatura infantil. Aportes para la construcción de una historiografía de la literatura infantil y juvenil. La cuestión del canon. La literatura infantil y su relación con las culturas de la infancia y la adolescencia. Problemas y desafíos de la multiculturalidad en relación con la LIJ. · LA LIJ COMO PROBLEMA DEL SISTEMA LITERARIO Corpus, autores, exploraciones discursivas en diálogo con el sistema literario y el campo intelectual. El lugar de la ilustración y las decisiones de arte y diseño en la constitución del libro y otros objetos culturales. Desarrollos críticos y problematizaciones sobre el trabajo editorial en relación con la LIJ como objeto específico. . LA RELACIÓN DE LA LIJ CON OTROS SISTEMAS CULTURALES Reflexiones críticas en torno a diversos vínculos entre literatura y cine, teatro, historieta, entornos virtuales, etc.. · LITERATURA JUVENIL, GÉNERO CONTROVERTIDO Textos y autores apropiados por los jóvenes, puestos en circulación en diversos circuitos: académico, editorial, escolar, informal, otros. Temas, búsquedas formales, cristalizaciones, censuras y tabúes. · LIJ EN AMÉRICA LATINA, EL LUGAR DE LA LIJ EN LA FORMACIÓN UNIVERSITARIA Y SUPERIOR Las políticas, programas y carreras de formación especializada (diversas modalidades) ENVÍO DE RESÚMENES: Los resúmenes de las ponencias deben cumplir con las siguientes condiciones: 1) No exceder las 300 palabras; 2) Incluir título de la ponencia, autor o autores, institución a la que pertenece y dirección de E-mail, 3) Estar escrito en Arial 12, en procesador Word 6.0 o compatible. Las ponencias deben responder a los objetivos y temáticas propuestas por el Simposio. Su extensión total no puede superar las 8 páginas con notas y bibliografía incluida. No se aceptarán trabajos de más de 2 autores. Cada autor podrá presentar un máximo de 2 trabajos. Se emitirán certificaciones por cada trabajo presentado. Fecha límite de envío de fichas de inscripción, resúmenes y trabajos: Resúmenes: hasta el 17 de mayo de 2013 Ponencias: hasta el 19 de julio de 2013 Enviarlos a la siguiente dirección de correo: simposiolij3@gmail.com. Tanto las fichas como los trabajos y resúmenes deberán enviarse en archivo adjunto, denominado con el apellido de los autores y/o inscriptos. Los trabajos serán evaluados por el Comité Académico para su aceptación. PRESIDENTE DEL COMITÉ ACADÉMICO Dr. Gustavo Bombini (UBA/ UNSAM) Comité Académico Mgr Cecilia Bajour (UNSAM) Mgr. Claudia Santiago (UNAM) Mgr. Patricia Bustamante (UNSa) Mgr. Marcela Carranza (UNSAM) Mgr. Mirta Gloria Fernández (UBA) Mgr. Alicia Salvi (especialista) Mgr. Paola Piacenza (UNSAM/ UNR)

viernes, 22 de marzo de 2013

La literatura al servicio de los valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura por Marcela Carranza

La literatura infantil y la moral: viejas conocidas Existe un libro interesantísimo de Mark Twain (1835-1910) reeditado por el Fondo de Cultura Económica de México: Historia de un niñito bueno. Historia de un niñito malo (Link a la sección Reseñas de Libros de este número). (14) El libro cuenta dos historias: la de Jacob Blivens, un pequeño que se esfuerza por cumplir con el modelo de niño bueno que leía en los libros de la escuela dominical, pero a quien nada le funcionó como en los libros y terminó muerto con su cuerpo hecho pedazos por una explosión; y la de Jim, un niño malo a quien a diferencia de los niños malos de los libros, todo le salía muy bien. Al crecer Jim se hizo rico, y obtuvo un puesto en la Cámara Legislativa. La ironía desenfadada de Mark Twain no hace sino denunciar humorísticamente la hipocresía, la estafa, de una literatura para niños didáctica y moralizante. El abismo entre ese mundo ideal presentado a los niños y las verdaderas reglas con las que se rige la sociedad adulta. Gianni Rodari refiriéndose al mismo tema, lo sitúa además en su dimensión histórica y política: "La literatura infantil, en sus inicios, sierva de la pedagogía y de la didáctica, se dirigía al niño escolar —que ya es un niño artificial—, de uniforme, mesurable según criterios meramente escolares basados en el rendimiento, en la conducta, en la capacidad de adecuarse al modelo escolar. Entre los siglos XVII y XVIII nacen las primeras escuelas populares, fruto último de las revoluciones democráticas y de la industrialización. Hacen falta libros para esas escuelas; libros para 'los hijos del pueblo'. Les enseñarán las virtudes indispensables para las clases subordinadas; la obediencia, la laboriosidad, la frugalidad, el ahorro. La literatura infantil es uno de los vehículos de la ideología de las clases dominantes." (15) El acervo de la literatura infantil se constituyó a partir de las adaptaciones populares de textos de la literatura adulta: literatura de cordel, literatura de buhoneros, la Biblioteca Azul... (16), así como de los relatos de la tradición oral, a la que se sumó a mediados del siglo XIX una literatura de autor destinada a los niños, con nombres como Lewis Carroll, Hans Christian Andersen, Carlo Collodi. "Sobre toda esta ficción vieja y nueva, la pedagogía ha ejercido durante el siglo XVIII, XIX y buena parte del XX, estrecha vigilancia. Interviene de diferentes maneras: a veces censurando, pero otras veces canonizando o descanonizando, desaconsejando o recomendando. Ya se sabe o se cree saber en el siglo XVIII y en adelante, cómo es el niño; de manera que se pude pontificar acerca de cuáles son las cosas que puede, debe o no debe leer y qué formas son las apropiadas para leer. Aparece la idea de lo formativo, la lectura provechosa. Esto, por supuesto, perdura." (17) En Argentina, en una fecha que podríamos situar alrededor del año 1983, a partir de la reinstauración de la democracia y el fin de una etapa de oscurantismo, censura y brutal represión en el ámbito intelectual y cultural del que la literatura para chicos no estuvo ajena; en nuestro país un grupo de autores, editores, especialistas, bibliotecarios, maestros y otros agentes del campo de la literatura infantil dieron lugar a un importante cambio en lo que a la producción y difusión de libros para chicos respecta. El conjunto de la literatura infantil de esta nueva etapa democrática reaccionó contra una literatura anterior moralista e instrumental; una literatura funcional a la dictadura militar en el poder. María Adelia Diaz Rönner, en su libro Cara y cruz de la literatura infantil (18), editado en esos años de efervescencia innovadora por Libros del Quirquincho, habla de las intrusiones o perturbaciones que otras disciplinas provocan en el tratamiento de lo literario infantil. Entre estas intrusiones Díaz Rönner destaca "la moralización de las moralidades" (19): "Un rumbo oblicuo toma nuestra peculiar literatura infantil cuando se la mira desde sus utilidades o servicios morales o moralizadores. (…) El discurso didáctico que apunta hacia la moral o la moraleja engendra verdaderos desconsuelos, ya que desbarata el placer por el texto literario –en su grado de gratuidad y trasgresión permanentes- para los incipientes lectores. Los educadores, padres o docentes, tergiversan a menudo la dirección plural de los textos para consumarlos en una zona unitaria de moralización. (…) lo literario se subordina a la ejemplificación de pautas consagradas que tienden peligrosamente a homogeneizar las conductas sociales desde la infancia. O, sencillamente, sugieren que se las acate sin ninguna crítica." La pregunta que queda por hacernos es si hoy, año 2006 (veintitrés años después), esta instrumentalización moralista de la literatura es etapa superada. Coincido con Ricardo Mariño (20) cuando señala que actualmente hay algo más que "restos" de esa posición, ya que los contenidos moralizantes fueron reemplazados por textos destinados a difundir modos de entender la realidad y sus conflictos desde una mirada "progre". Se trataría de contenidos más actuales, y por esta razón casi invisibles, que utilizando un término de moda podríamos llamar: "políticamente correctos" (21). He hablado de la realidad argentina, porque es la que más conozco, pero no sería acertado circunscribir la moralización de la literatura infantil y juvenil en el siglo XXI a nuestro país. El discurso de los valores, como bien lo prueban publicaciones especializadas extranjeras, y por supuesto textos y colecciones, trasciende las fronteras. Más que "restos" de una moral vigente, existe toda una producción pensada a priori con el fin de enseñar al niño o al joven a entender el mundo y a sí mismo desde un ideal oficial en una sociedad "democrática". Libros creados para enseñar a ser tolerantes, a no discriminar, a resolver los conflictos dialogando, a cuidar el medio ambiente, a vivir en paz... Libros que se ocupan de problemáticas sociales como el sida, la pobreza, la delincuencia, la anorexia… Libros a la carta, hechos a medida, listos para cualquier necesidad didáctica de transmisión de "contenidos transversales" a los niños-alumnos. Y también, y sobre todo, un modo de lectura, un tutelaje pedagógico moralizante sobre la totalidad de la literatura destinada a los chicos. La literatura y los modos de lectura Utilizar la literatura para la transmisión de un mensaje (no importa de qué tinte ideológico estemos hablando), no sería otra cosa que valerse de un instrumento sofisticado para convencer al lector acerca de alguna verdad dada. En el caso que nos ocupa (el de una verdad de tipo moral) de lo que se trata es además de exhortar al lector a actuar de una manera determinada. No estamos lejos por lo tanto de la función propia de la publicidad, la propaganda, el panfleto o el sermón. Cuando el texto literario es utilizado con un fin básicamente de comunicación de un contenido predeterminado (presente en el texto de manera explícita o inducido a partir de una lectura direccionada por parte del mediador) el emisor del mensaje (el autor, el mediador) posee un proyecto sobre el destinatario; y sus decisiones (en el texto, o en la situación de lectura) estarán destinadas a asegurarse la eficacia de la transmisión de dicho contenido. Todo esto en desmedro de la plurisignificación del texto, y de la libertad del lector de encontrar otros significados más allá del "oficialmente válido". (22) Podemos afirmar, como lo hace Jorge Larrosa en relación a la novela pedagógica, que el carácter pedagógico de un texto literario, es un efecto de lectura más que una característica intrínseca a los textos (si bien muchos libros son escritos para favorecer su lectura pedagógica). Toda ficción, todo relato, puede leerse desde la búsqueda de una enseñanza, un mensaje que supuestamente el autor ha depositado en el texto para ser develada por los lectores. Todo texto literario, por lo tanto, puede ser leído alegóricamente, como si se tratase de una parábola bíblica. La búsqueda de un mensaje moral en los textos literarios sería entonces ante todo una modalidad de lectura. El discurso de los valores, es decir, el de la moral consensuada en nuestra sociedad, se apropia de la literatura con el fin de transmitir con eficacia sus contenidos. Para ello se selecciona el texto según criterios morales, que nada tienen que ver con lo literario, (23) se establece un modo "legítimo y único" de relación con el texto, se controla que esa relación responda al proyecto de transmisión del mensaje, finalmente se evalúa el logro de dicha transmisión. Para el éxito de una lectura pedagógica es necesario reducir las posibilidades de significación del texto a un único sentido válido y predeterminado. Para lograr esto o bien el mediador se asegura de que el texto contenga de forma lo más evidente posible el mensaje a transmitir, o bien tutela la lectura de modo tal que se imponga el sentido "correcto". Es claro que este modo de lectura favorece la selección de textos en función de su no ambigüedad en el mensaje, y ofrece a los niños/jóvenes lectores los textos ya interpretados y comentados, ya leídos, bien digeridos de antemano. De lo que se trata es de imponer la lectura única y "oficialmente" legitimada. De evitar todo relativismo de la interpretación del texto, especialmente en lo que atañe a la moral. Pero si más allá de las precauciones tomadas en la selección del texto, aún persisten posibilidades de otras lecturas (que siempre las hay), allí está el "lector-experto" autorizado (el docente, el padre, el bibliotecario…) con sus enunciados interpretativos para controlar que la lectura nunca desborde lo que ha sido previsto de antemano según el objetivo pedagógico. Este modo de lectura pedagógico dogmático puede, por supuesto, aplicarse a toda la literatura, sin embargo encuentra su medio ideal en la literatura producida para un destinatario infantil. Maite Alvarado y Elena Massat (24) definen a la literatura infantil en la intersección de un mensaje estético, literario, y un mensaje que ellas denominan apelativo (aquel que se vincula a lo pedagógico y didáctico) en contradicción con el primero. Esta dimensión apelativa, señalan las autoras, puede oscurecer y hasta inhibir la función estética. En el campo de los libros para chicos sucede lo que hoy, principios del siglo XXI, resulta impensable en el campo de la literatura adulta: la intromisión desenfadada y a cara descubierta de contenidos morales en las distintas instancias del encuentro entre los lectores y la literatura. "Literatura y didáctica moral son incompatibles. Pensemos, sólo por un momento, en cuál sería la reacción de un Calvino, de un Gore Vidal, si se les sugiriera una "transversalización" moralizante en sus textos. ¿Por qué, entonces, aquello que cualquiera juzgaría inconcebible en el área adulta de la literatura es tan fácilmente aceptado cuando se trata de niños lectores?" (25) Ahora bien, si lo que nos interesa como mediadores es ofrecer a los chicos literatura, abrir espacios de verdadera lectura literaria, y no otra cosa; debemos indudablemente pensar en otros modos de acercamiento a los textos. La literatura (como el arte en general) es plurisignificativa, es ambigua, inaprensible en sus posibilidades de significación. La selección de los textos debe por lo tanto privilegiar esta plurisignificatividad, favorecer esta libertad y apertura en la interpretación del lector. Y aún más allá del texto, se vuelve necesario pensar en situaciones de lectura ajenas al control sobre los significados. Se trata de una actitud de escucha en el encuentro con los textos y los lectores. Un espacio abierto al despliegue de todas las lecturas posibles. Se trata del respeto hacia las interpretaciones múltiples, libres, salvajes, herejes… Una escucha atenta hacia la lectura de los otros (no importa la edad que tengan). Todo lo contrario de una lectura "certera" para interpretar la realidad, una lectura que propenda a la univocidad de los significados "verdaderos y legítimos" según quien escribe o media entre los textos y el lector infantil/juvenil. Pensemos entonces en una modalidad de lectura que otorgue libertad y oxígeno a los lectores en sus innumerables posibilidades de recorrido del texto; libertad y oxígeno para los textos literarios en sus plurales posibilidades de significación.

Literatura Infantil y Juvenil UNaM "Una Literatura de arte Mayor"

Ya lo Decía María Adelia Diaz Ronner "¿de qué trata la literatura para chicos? Pues ¡vamos al grano ya! Trata de muchas cosas que nunca están superpuestas: de las palabras y las multiformas que cada escrito les otorga. Porque la literatura trata del lenguaje de sus resplandores en pugna, si se me permite describir casi poéticamente el oficio de escribir. Aunque suene extravagante, en pocas ocasiones se ubica al lenguaje como el protagonista específico de una obra literaria infantil. ¿Por qué expreso esta hipótesis de lectura? Porque, en general, se plurirramifica el tratamiento de un producto literario para los chicos abordándolo desde disciplinas que distraen del objetivo —y la especificidad, en suma— de todo hecho literario: el trabajo con la lengua que cada escrito formaliza."